El usuario de Pensión 65 y su historia inspiradora creando la flota de balsas más pequeña del Titicaca, heredero de la destreza de los uros.

Agencia Peruana de Noticias PRENSAPERU.PE https://www.prensaperu.pe Twitter: @prensaperupe Igual que Manco Cápac en la leyenda, Luciano Vladi Durano Coyla vino al mundo sobre el Lago Titicaca, específicamente en la isla flotante Toranipata. En su ADN, lleva impregnada la innata habilidad aimara de tejer la totora hasta transformarla en utilitarias formas que alcanzan su máxima expresión en resistentes embarcaciones lacustres.

Como buen heredero de la tradición de los uros, a sus 75 años, él es un astillero viviente que hoy se dedica a la fabricación manual de vistosas balsas de totora en miniatura, que son la debilidad de los turistas nacionales y extranjeros, quienes poco a poco van volviendo a Puno tras el frenazo causado por el coronavirus.

Usuario de Programa Nacional de Asistencia Solidaria Pensión 65, del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (Midis), Luciano disfruta haciendo las pequeñas naves con manos y pies. Sí, con pies, porque solo pisándola puede amarrar la totora previamente cortada y cuyo largo no supera los 30 centímetros. En el centro poblado Jayllihuaya, en uno de los extremos de la ciudad de Puno que colinda con el lago navegable más alto del mundo, Luciano pasa largas horas confeccionando las enanas balsas sobre una manta, con las nubes como techo, entre su habitación y una especie de desván.

Mientras arma las mini balsas su mente regresa a ese flotante tercero de primaria del que jamás pasó. Sin proponérselo, en cada atado recuerda a la profesora “gringa” que le enseñó a sumar. Incluso regresiona más. Vuelve a ser niño con cada barquito. Siente como niño. Ríe como niño. Para dar en la yema del gusto de los niños hay que ver el mundo como ellos. “Mis ocho nietos me aman. Les hacía balsitas y se las regalaba como juguetes”, dice Luciano, convencido de que, aunque seamos grandes y paguemos cuentas, todos llevamos un niño dentro.

Conoció a su esposa Francisca en la escuela de la “gringa” y los padres se encargaron de casarlos, tal como manda la cosmovisión aimara, arraigada en las islas flotantes. Tuvieron un hijo y dos hijas, y se entienden a la perfección. Luciano va una vez a la semana a las islas flotantes que lo vieron nacer para vender sus balsas en miniatura. Rema extensas horas e invierte todo el día. Cuando Francisca no lo puede acompañar, el viaje se le hace aun más largo y tedioso. Ni las mantas o tapetes cuidadosamente bordados por ella, pueden reemplazarla. De tanto en tanto, Luciano también ofrece en venta el arte de su esposa.

EL PESCADOR ARTESANO
Ser el segundo de 12 hijos implicó para Luciano tempranas responsabilidades. Harto de ver acongojada a su mamá por la falta de comida para todas las bocas de la casa, un buen día, siendo aún menor de edad, decidió salir de pesca y se fue hasta el borde del Lago Titicaca que baña al distrito puneño de Capachica. Le fue tan bien que pudo concretar el ansiado trueque de papa por carachi. Desde entonces y durante varios años replicó esa práctica y su madre dejó de llorar.

Y los años pasaron y su vida dio un giro. “La pandemia nos ha fregado mucho. Ya no vienen tantos turistas como antes. Yo vendo mis balsitas a 3 soles cada una, y en una jornada me salen unas 15. Los ‘gringos’ pagan y compran más que los de Lima”, asegura Luciano, quien arma una balsita en dos horas.

Aprendió a trabajar la totora en 1970, mirando cómo lo hacían sus paisanos. Primero se volvió un experto construyendo las grandes balsas que son asombro de propios y extraños, y que emulan a las portentosas naves fenicias. “Hacer embarcaciones de totora es tradición del pueblo aimara. Yo llevo eso en la sangre”, comenta orgulloso.

Rememora sus años de juventud cuando se iba y venía de Puno a la península de Capachica navegando sin cansarse. Hoy dosifica las fuerzas porque los años le pasan factura. La vista ya le juega malas pasadas y de noche no puede fabricar sus miniaturas. Pero no se autojubila y tampoco renuncia a esa sonrisa que rápidamente lo vuelve amigo de las cámaras. “Hay Luciano para rato”, asegura.

La vida del hombre que hoy es el creador de la flota más pequeña de balsas del Titicaca siempre ha estado ligada al lago, y seguramente así seguirá.

Fuente: Agencia Peruana de Noticias PRENSAPERU.PE https://www.prensaperu.pe Twitter: @prensaperupe

English translation
The user of Pension 65 and his inspiring story creating the smallest fleet of rafts on Titicaca, heir to the skill of the Uros.

Peruvian News Agency PRENSAPERU.PE https://www.prensaperu.pe Twitter: @prensaperupe Like Manco Cápac in the legend, Luciano Vladi Durano Coyla came into the world on Lake Titicaca, specifically on the floating island Toranipata. In its DNA, it has the innate Aymara ability to weave reeds until it is transformed into utilitarian forms that reach their maximum expression in resistant lake boats.

As a good heir to the tradition of the uros, at 75 years old, he is a living shipyard that today is dedicated to the manual manufacture of colorful miniature totora rafts, which are the weakness of national and foreign tourists, who little by little Little are they returning to Puno after the slowdown caused by the coronavirus.

User of the National Solidarity Assistance Program Pensión 65, of the Ministry of Development and Social Inclusion (Midis), Luciano enjoys making small ships with hands and feet. Yes, with feet, because only by stepping on it can you tie the previously cut reeds whose length does not exceed 30 centimeters. In the Jayllihuaya populated center, at one of the extremes of the city of Puno that borders the highest navigable lake in the world, Luciano spends long hours making the dwarf rafts on a blanket, with the clouds as a ceiling, between his room and a kind of loft

As he assembles the mini-rafts, his mind returns to that floating third grade he never got past. Without intending to, in each bundle he remembers the “gringa” teacher who taught him to add. It even regresses more. He becomes a child again with each little boat. Feel like a child. Laugh like a child. To hit the taste buds of children, you have to see the world as they do. “My eight grandchildren love me. He made them little rafts and gave them to them as toys”, says Luciano, convinced that, even if we are grown-ups and pay bills, we all have a child inside.

He met his wife Francisca at the “gringa” school and the parents took care of marrying them, as mandated by the Aymara worldview, rooted in the floating islands. They had a son and two daughters, and they understand each other perfectly. Luciano goes once a week to the floating islands where he was born to sell his miniature rafts. Row long hours and invest all day. When Francisca cannot accompany him, the trip becomes even longer and more tedious. Not even carefully embroidered blankets or rugs can replace it. From time to time, Luciano also offers his wife’s art for sale.

THE ARTISAN FISHERMAN
Being the second of 12 children involved early responsibilities for Luciano. Tired of seeing his mother distressed by the lack of food for all the mouths of the house, one fine day, while still a minor, he decided to go fishing and went to the edge of Lake Titicaca that bathes the Puno district of Capachica. . It went so well that he was able to make the long-awaited barter of potatoes for carachi. Since then and for several years he repeated this practice and his mother stopped crying.

And the years passed and his life took a turn. “The pandemic has screwed us up a lot. Tourists don’t come as many as before. I sell my rafts for 3 soles each, and in one day I get around 15 soles. The ‘gringos’ pay and buy more than those from Lima,” says Luciano, who assembles a raft in two hours.

He learned to work the reeds in 1970, watching how his countrymen did it. First, he became an expert building the great rafts that amaze both locals and foreigners, and that emulate the marvelous Phoenician ships. “Making reed boats is a tradition of the Aymara people. I carry that in my blood”, he comments proudly.

He recalls his youth when he came and went from Puno to the Capachica peninsula sailing without getting tired. Today he doses his forces because the years take their toll on him. The sight already plays tricks on him and at night he cannot make his miniatures. But he does not retire from himself and he does not give up that smile that quickly makes him a friend of the cameras. “There is Luciano for a while,” he says.

The life of the man who today is the creator of the smallest fleet of rafts on Titicaca has always been linked to the lake, and will surely continue to be so.

Source: Peruvian News Agency PRENSAPERU.PE https://www.prensaperu.pe Twitter: @prensaperupe

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